Capítulo 1 de La enfermedad del pupitre verde de Belén Hernández … un libro escrito en voz baja, en la oscuridad de la noche y en la intimidad de la soledad de una mente con su mente»

Capítulo 1 📖 La enfermedad del pupitre verde ▷ Un viaje autobiográfico de Belén Hernández por el arte

"Mis muy queridos amigos lectores, la llegada al mundo de este nuevo libro se acerca sin demora y en cuestión de pocos días, podrán disponer entre sus manos, antes sus ojos de la que fue mi ópera prima narrativa. Una novela autobiográfica donde fantasía y realidad se dan la mano en todo momento para conducir al lector a través de un mágico viaje sin más estaciones que los lienzos de grandes pintores del s. XVIII, XIX y principios del XX; sin más andenes que episodios de mi vida.

Trece años esperando en la oscuridad de un cajón, en un rincón de mi propia alma que culminarán con salida a la luz. Más como madre que como autora, les confío una historia de mi historia y espero, deseo, anhelo que le den cariño, tiempo, atención y por qué no: imaginación. Sí, porque sentirán crecer las alas de sus propias mentes y sus corazones sabrán guiarles hasta colocarles cerca de mí.

Agradecida de antemano y cual niña entusiasmada les regalo un fragmento del que será el Primer Síntoma (capítulo 1) de La enfermedad del pupitre verde mi último libro."

Belén Hernández

SÍNTOMA 1:
GRITANDO CON UN GRITO

 

Capítulo 1 de La enfermedad del pupitre verde de Belén Hernández … un libro escrito en voz baja, en la oscuridad de la noche y en la intimidad de la soledad de una mente con su mente»

«Mira al hombre en su limitada esfera, y verás cómo le aturden ciertas impresiones, cómo le esclavizan ciertas ideas, hasta que, arrebatándole su juicio y toda su fuerza de voluntad, le arrastra a su perdición. En vano un hombre razonable y de sangre fría verá clara la situación del infeliz, en vano lo exhortará; es semejante al hombre sano que está junto al lecho del enfermo, sin poderle dar la más pequeña parte de sus fuerzas… Pues sólo esforzándonos por sentir lo que él siente, podremos hablar honradamente del tema» (Werther; Johann. W. Goethe)

00: 30 h; 11 de noviembre de 2009

Otra noche de insomnio llega para acompañarme en la oscuridad de mi mente, en el cálido silencio que supone la madrugada, en el lento pasar del tiempo donde me oigo a mí misma sin interferencias y sin interrupciones. Así siento el grato placer de la soledad más íntima y más reconfortante: la de uno mismo, aquella que tantos temen y que yo tanto ansío.
El día —como de costumbre últimamente— ha sido duro— ¿qué digo duro? ¡Ha sido infernal! —. Una batalla más que acaba sin saber cuál fue el vencedor y quién el vencido, pero al final lo único que cuenta es que acabó y eso significa que, por alguna extraña razón el destino me ofrece un nuevo día para vivir, aunque todavía no sea una especialista en eso que llaman vivir. A este respecto me consuelan las palabras de mi querido J. W. Goethe y su Fausto: «La vida, ¡cuántos la viven y qué pocos la conocen!».
Antes de seguir, aclararé que no empleo estas palabras en forma de reproche contra quienes se acomodan en la tranquilidad de una pseudo-vida porque no han llegado a conocer que el sufrimiento para otros es una característica innata y vinculante al verbo del vivir. ¡No! ¡No todos estamos llamados a ser valientes soldados vitales! Al fin y al cabo, podemos decir que tan solo es cuestión de suerte.
Sí, de suerte, porque algunos parecemos tristemente destinados a sufrir, otros saborean los placeres de la felicidad y finalmente, los primeros se acostumbran a sufrir y los segundos olvidan el significado de tal sentimiento.
Yo todavía no sé, si la vida que me ha tocado vivir es verdaderamente la mía o alguien se equivocó al extraer de una caja cerrada, una papeleta sin más letras que mi nombre. Puede que ese voluntario de mano inocente al que se le suele pedir que realice el sorteo, se equivocara. Me pregunto: ¿cuántas décimas de segundo tardaron sus dedos en escoger el papel que escondía mi nombre? ¿Cuántas papeletas acariciaron sus dedos en la oscuridad de esa caja que encerraba mi suerte? ¿Dudó en elegir uno u otro papel?
Quiero creer que las dudas le invadieron al rozar ese puñado de nombres y que tan solo fue una decisión equivocada la que le llevó a extraer un pedacito de papel con mi nombre garabateado.
Sin embargo, me doy cuenta de que últimamente quiero creer muchas cosas. ¿Cuestión de suerte? No, en todo caso, cuestión de mala suerte y por eso he decidido que no volveré a confiar en esas manos a las que llaman «inocentes» y que se encuentran camufladas entre el público que aplaude al contemplar el espectáculo del sufrimiento ajeno. ¡Menudos espectadores con tan mal gusto!
En fin, estos pensamientos me llevaron a emprender un extenso diálogo conmigo misma. Sentí que toda mi vida estaba desordenada, un caos emocional reinaba sin trono y ya era hora de ponerse manos a la obra y limpiar el cuarto oscuro donde mi alma era incapaz de dormir. Me perdí en medio de interminables divagaciones. Me sentí sedienta de respuestas. Acusé una fuerte sordera hacia el mundo exterior. Me perdí en la soledad de mis pensamientos y… Cuando me hallé exhausta de tanto cansancio vital; cuando la oscuridad de mis ojos no vislumbraba ni el más mínimo ápice de luz… desperté de aquel doloroso letargo y comprendí cuál era el error sobre el que volaba mi mente sin hallar sitio donde aterrizar. Todo era más sencillo de lo que jamás pensé. Había cometido el mismo error que el resto de la humanidad: me había creído espectadora de la vida. Me había acomodado en un patio de butacas huecas y silenciosas entre las cuales, no se representaba nada que conmoviese mis sentidos. Sin dudarlo me levanté para buscar a otros espectadores, a testigos de otras épocas y momentos. Necesitaba encontrar oídos frescos y limpios, dispuestos a escuchar todo lo que yo en estos últimos años había guardado porque no sabía en qué cajón de mi vida colocarlo. Necesitaba un lugar donde me sintiera cómoda o tal vez a salvo. Requería un refugio o, mejor dicho, un escenario hermoso donde representar ciertos episodios de mi vida.  
Para ello, tan solo tuve que viajar a mi antigua aula de Historia del Arte y volver a sentarme frente a la pantalla donde se proyectaban las imágenes de aquellos triunfadores que pasaron a la posteridad y se ganaron el título de ser objetos de estudio. Tomada esta decisión, recordé el siguiente día que voy a narrar del mejor modo que conozco: adornándolo con palabras.
***
A las 10:50 de la mañana de un viernes de febrero de 2008 me senté en mi pupitre verde situado en primera fila. Ese era mi sitio. ¿Qué digo mi sitio? ¡Era mi territorio! Tan mío, que sentía una verdadera posesión hacia él.
Con la torpeza de mis manos frías, casi gélidas y un característico olor a tabaco entre los dedos, me dispuse a colocar mi lupa—perdón, esto no es correcto porque lo que colocaba en ese momento era mi ojito; ese ojito que me daba premura para escribir y leer al mismo tiempo en el que mi mente empezaba a ordenar ideas, palabras y conocimientos—, agarré con suavidad el bolígrafo negro y mi mano comenzó a cabalgar sobre un silencioso folio blanco que cedería paso a una diminuta letra ruidosa.
Tras el ritual previo a la entrega del examen, este llegó a mis manos. Su objetivo era calificar el tema de las Vanguardias Artísticas del siglo XX.
Con una confiada sonrisa leí las preguntas y sin dificultad, mi mente ordenaba las respuestas que mi mano, como un obediente escriba, apuntaba de forma apresurada. La sorpresa llegó cuando el profesor proyectó «El Grito» de Edvard Munch.
Lentamente levanté mi cabeza y de pronto sentí la inquietante necesidad de correr hacia ese cuadro. Quería entrar en él para esconderme en aquel atardecer retratado con trazos nerviosos y enfermizos, teñidos de colores cálidos y chillones que morían finalmente en un amasijo de grises y azules. Quería atravesar el puente pintado por Munch y pararme allí, sin más. Quería contemplar otro espectáculo, tal vez otra vida.  
Sin dudarlo, di un paso al frente con los pies de mi espíritu y me adentré en aquella escena pintada en 1893 (fecha que curiosamente se componía con los mismos números que la de mi nacimiento: 1983. Un siglo de diferencia me separaba del lugar que por aquel entonces, quería que fuese mi hogar).
De pronto supe que ya estaba allí, dentro de aquel cuadro en el que quería esconderme o más bien, en el que quería desaparecer, aunque solo fuera por unos instantes de todo ese caos en el que se había convertido mi vida. Sin embargo y para mi propio asombro, una vez dentro de esa mágica dimensión, no hallé nada, absolutamente nada. Todo era del blanco color del vacío. Allí, donde quise esconderme, no había sombras, no había color, no había vida. Ante tal desilusión, mis ojitos empezaron a sentir sed. Sí, querían llorar líquida tristeza, sobre todo, porque como suele pasar en los sueños, se dieron cuenta de que en esa irreal dimensión no sentían dolor y la luz de aquel blanco resplandeciente no los hería. Allí, mis ojitos estaban sanos, nada les impedía hacer lo que más les gustaba: ver. Las lágrimas llegaron con tanta violencia que mis manos se convirtieron en un improvisado pañuelo que pronto se arrugó con tanta humedad. Fue entonces cuando escuché una voz que me decía:
— ¿Por qué lloras? 
Era la voz de Munch, quien preocupado me tendía un pañuelo que no dudé en aceptar y una vez enjugadas mis lágrimas, reuní fuerzas para contestarle.
— Lloro porque no puedo hacer otra cosa. Lloro porque no comprendo nada de todo lo que me está sucediendo. Lloro porque nadie responde a mis preguntas— le dije con la voz ahogada en el típico hipo de una garganta llorona.
— A lo mejor lo que preguntas, es demasiado difícil de responder— sugirió él.
— No, no creo que sea tan difícil decirme qué les pasa a mis ojitos o cuándo se van a poner bien. Yo no quiero quedarme así para siempre. Eso no es muy difícil de entender— le contesté.
— Tienes razón. Es normal que alguien que sufre, quiera conocer a qué hora terminará su desdicha. La pregunta que realizas está formulada con los interrogantes del miedo y eso es natural— dijo Munch.
— ¿Sabes? Creo que lo que más miedo me da, es que tengo el presentimiento de que esto no va a terminar sino todo lo contrario: Creo que no ha hecho nada más que empezar. Mi pérdida de visión no es más que el debut de lo que aún está por llegar— Le confesé mi más inmenso terror por aquellos días.
— Yo no puedo afirmar ni negar aquello que desconozco. Me encantaría decirte que todo saldrá bien, que todo pasará y que esto que hoy te asusta, mañana no será ni siquiera un recuerdo. Pero no lo sé y no quiero mentirte con palabras huecas o esperanzas de papel. Nunca me ha gustado engañar a los corazones asustados— Me dijo Munch con toda sinceridad.
— Yo no busco esperanza ni consuelo, sino verdad. Verdad y un poquito de sentido a todo esto. Quiero creer que el dolor no es estéril y que el sufrimiento tiene sentido.
— ¡Ay, pequeña! ¡Qué equivocada estás, si crees que el dolor es capaz de engendrar algo bueno! Nada de eso. El dolor es un vientre marchito donde la felicidad duerme tan profundamente que termina por morir. El sufrimiento habla un extraño idioma que no se hizo para la boca del hombre— dijo Munch porque sin lugar a dudas, él ya había sucumbido a las volátiles esperanzas propias de los enfermos en busca de auxilio.
— Entonces ¿qué hago? ¿Cómo vivo? ¿Sabes qué doloroso resulta el comprobar que mientras tu mundo no es más que una madeja enredada de hilos de acero, nada a tu alrededor ha cambiado? ¿Sabes qué triste resulta el comprobar que la vida transcurre plácidamente para los demás mientras que para mí se apaga la luz? — Le pregunté volcando injustamente mi ira hacia él.
— Naturalmente que lo sé. Conozco todo aquello que con amargas palabras me relatas ¿Sabes? El mundo, al principio te escucha, te consuela, quiere comprenderte, pero un día de pronto, todas esas nobles intenciones desaparecen y te quedas sin más compañía que contigo mismo— me dijo Munch con cierto tono de reproche.
— Perdóname, olvidaba que tú también naciste para sufrir…— dije avergonzada.
— No te disculpes. Es natural que sientas rabia sazonada con envidia. A ti también te gustaría no haberte desviado del llano camino de la existencia sin preocupaciones. Es comprensible—Me dijo con generosidad y continuó— ¡Tengo una idea! Como has venido a buscarme a este lugar olvidado de cualquier mapa, hagamos algo juntos, algo inolvidable.
— Está bien, tú dirás qué se puede hacer en el mundo del Arte— le dije como una niña que acaba de hacer un nuevo amigo.
— Vamos a pintar. Cada uno se enfrentará a un lienzo en blanco para amueblarlo con sus sentimientos. ¿Qué te parece?
— Me parece estupendo. Nunca pude imaginarme tener por maestro a todo un «expresionista»— le contesté y rápidamente, Munch me ofreció las herramientas de su creatividad y compartió conmigo sus pinceles y paleta.
Alegremente nos entregamos a nuestros respectivos lienzos, que no eran más que diminutos retales de nuestras almas ansiosas por teñirse de ocres y cobaltos. Charlábamos animadamente mientras que de vez en cuando nos alejábamos un par de metros para contemplar de lejos nuestras almas posadas en sendos caballetes. Mezclábamos los pigmentos y los bañábamos con el aguarrás de las lágrimas que no hace tanto, mis ojos habían destilado.
No sé cuánto tiempo estuvimos entregados a nuestros respectivos lienzos. Tal vez fue toda una eternidad o puede que únicamente fueran un par de minutos, pero lo cierto es que allí, inspirando la paleta de Munch me sentía a salvo. Era la primera vez que me había alejado del mundo real que cada día se tambaleaba y destruía un granito más de la esperanza que yo atesoraba dentro de una esfera de cristal, en el interior de un reloj de arena que comenzaba a agotarse. Sí, por aquellos días en los que mis visitas al médico se habían multiplicado debido a las circunstancias, mi esperanza se había puesto enferma, el desánimo y la realidad le habían contagiado el virus del miedo y de la impaciencia, pero sobre todo se había infectado de una peligrosa actitud: la sumisión. Ese era el peor mal que podía aquejar a un enfermo y como tal, a mí misma.
Me di cuenta de que desde que comenzaron los primeros síntomas, me mostraba peligrosamente sumisa ante mi cuerpo, ante mi mente, ante mis sentimientos, ante los médicos… Todo era más fuerte que yo y así, me rendía ante una esperanza tan débil que nunca existió. Yo hice lo que cualquier otro enfermo: me mostré colaborador porque aún creía tener fe en recuperarme y me refugié en los facultativos. Sin embargo, la esperanza se alió con la ignorancia que muestra el enfermo durante sus primeras visitas al médico. Esta mezcla de sentimientos —esperanza e ignorancia—, se volvió peligrosa y terminó por robarme la dignidad. Ya no confiaba en nada ni en nadie porque aquellos a los que pedí ayuda, confié mi cuerpo y mi dolor, fueron los ladrones de mi dignidad y de mi esperanza. No contentos con este botín, me robaron el nombre y me relegaron a un puñado de síntomas sin diagnosticar. Ya no era más que uno de sus clientes: «los clientes de la salud».
La situación empeoró al no resultar un caso fácil de diagnosticar y me castigaron a no recibir tratamiento y mucho menos un poquito de humanidad. Solo encontré espaldas vestidas de blanco y comencé un largo camino de inútiles llamadas de socorro que nadie escuchó. De este modo, los que un día podrían haber sido mis aliados, se convirtieron en despóticos soberanos en el reino de la salud; se convirtieron en poderosos reyes que no estaban dispuestos a escuchar a un mendigo que pedía por limosna un poquito de alivio y comprensión. Doblegaron mi voluntad, hincaron mis rodillas en el suelo y terminaron por ensuciarme con el polvo de su indiferencia.
Mis días cayeron prisioneros del dolor y ya no importaba que las mañanas despertasen azules o grises porque simplemente, ya no había mañanas, solo eran horas descontadas de mi vida; estaban perdidas porque nunca las vivía, y así el futuro no era diferente de aquel angustioso presente. La esperanza se alejaba cada vez más deprisa y los *poderosos ya habían cerrado sus oídos para no escuchar mis gritos de socorro. Querían condenarme al silencio de un paciente sin tratar.
Me rendí ante todo y pasé largo tiempo lamiendo mis heridas como un animal asustadizo. Había vuelto a ese instinto primario de consolar el propio dolor. Guardé mi alma en algún sitio alejado de los poderosos . La guerra entre ellos y mi enfermedad daba comienzo y ya solo me preocupé por levantar una trinchera que pusiera a salvo mi alma.
Esto fue lo que le conté a Munch mientras terminábamos nuestros cuadros y llegó el momento de dar por concluidas nuestras obras.
— ¿Ya has terminado? Yo sí. Acabo de dar la pincelada final— dijo Munch.
— Si… creo que ya he terminado—contesté.
— Muy bien. ¿Qué te parece si nos enseñamos nuestros cuadros ya terminados?
— Bien, tengo ganas de saber qué has pintado— le dije y al mismo tiempo dimos la vuelta a nuestros lienzos para contemplar lo que cada uno había pintado en su alma.
Munch me mostró su «Grito». Había recreado a mi lado el que sin duda sería uno de sus cuadros más conocidos. Dijo que, escuchándome había ido retratando el dolor, la angustia y el miedo que yo sentía. Había empleado trazos nerviosos y pinceladas retorcidas, todo ello envuelto en tonos cálidos y un torbellino de grises. Incluso a lo lejos había situado a dos personajes que se alejaban de la escena principal. Me confesó que aquellos caminantes eran los poderosos que no quisieron ayudarme.
Yo giré mi lienzo para enseñárselo y pudo contemplar mi propio rostro. Sí, yo había pintado el retrato de aquella persona a la que habíamos abandonado en el aula de Historia del Arte y que continuaba escribiendo bajo una gran lupa para poder ver su propia letra. Munch no supo quién estaba más asustado de los dos: si su retorcido «Grito» o mi retrato envuelto en solitaria tristeza. Después, nos quedamos en silencio, era el momento de despedirnos y entonces, como Munch no quería pronunciar la palabra del adiós, tomó su pincel, lo mojó en un charquito de pintura verde que no había empleado en su cuadro y con un tierno cosquilleo trazó una pequeña sonrisa de color esperanza sobre la línea recta que eran mis labios…

Capítulo 1 de La enfermedad del pupitre verde de Belén Hernández … un libro escrito en voz baja, en la oscuridad de la noche y en la intimidad de la soledad de una mente con su mente»

Así terminó aquel día tan especial en el que me escapé de la mano de un «expresionista». Munch nunca me prometió esperanza al escuchar mis miedos, pero sin embargo me regaló un poquito de ésta.
Ese día, mientras realizaba un examen de Historia del Arte en tan lamentables condiciones, comprendí que «El Grito» se había convertido en un espejo que reflejaba a dos seres atemorizados que se miraban frente a frente compartiendo sus miedos y miserias porque tanto su autor como yo, éramos dos enfermos en busca de un poderoso que aliviase nuestros dolores. El momento más triste había pasado y decidí continuar buscando espectadores de otras épocas ante los que mostrar y confesar todo aquello que nadie en el mundo real quería ver y mucho menos escuchar.
Decidí salir en busca de un poquito de la felicidad que el Arte guardaba para mí. Con esa misión me sentí pertenecer al movimiento artístico llamado «El Puente» y en el que mi querido Munch había desarrollado su obra. Sí, ahora yo debía cruzar ese puente para dar comienzo a otras muchas conversaciones que no podían ser aplazadas; a las conversaciones con otras obras y autores que contemplaban al contemplador.
Por cierto, aquel día que os he relatado terminó cuando entregué mi examen, el mismo que escribí con el corazón envenenado de angustia y que mi sufrimiento me dictó. Durante las semanas posteriores no supe nada más acerca del examen en el que mantuve una conversación de vanguardia conmigo misma. Un día llegó el profesor con las notas y yo con mi lupa busqué sobre el margen derecho del folio: ¡Un diez! ¡Tenía un diez!
En voz baja susurré: «No hay nada mejor que escuchar los dictados del alma aunque vengan dados por los ecos de la angustia…»

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3 Kommentare

Apreciable Belén. He leído y he sentido. Vivir es pensar para la mayoría de los que hemos pretendido dedicarnos a algún tipo de arte. Eso hace más intenso el sufrimiento pero a la vez nos va dando las claves para ir pasando con mayor dignidad cada día, que empieza gris y termina resplandeciendo con alguna esperanza. Me ha complacido leer una parte de tu obra y así conocer mejor a los seres que te conforman. Un abrazo.

Sergio Gaspar Mosqueda

Querida amiga, me has engañado con eso de que este libro era de prosa poética. Es una prosa de verdad, que engancha, al alta calidad. Me siento afortunado que nos conozcamos y colaboremos más allá de la poesía que nos unió. Este es un libro ALTAMENTE RECOMENDABLE. Lo digo en alto por si no se me escucha.
Te regalo este poema 267 de ZenObio porque ha sido leerte y acordarme:
No precisa de pisotón
La cucaracha
Ni provoca el grito
La araña
Ni nos invita al bofetón
La mosca
O el mosquito.
Vemos con nuevos ojos
Una tierra nueva,
Un nuevo cielo,
Un espíritu nuevo.

MIGUEL ÁNGEL CERVANTES

Desgarrador.Asi senti este primer contacto con el pupitre verde, mas solo quien a pasado por algo similar a de entenderte perfectamente Poeta…a mi me toca acompañarte

Gabriel Criscuolo

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