Cap√≠tulo 1 ūüďĖ La enfermedad del pupitre verde ‚Ė∑ Un viaje autobiogr√°fico de Bel√©n Hern√°ndez por el arte

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"Mis muy queridos amigos lectores, la llegada al mundo de este nuevo libro se acerca sin demora y en cuestión de pocos días, podrán disponer entre sus manos, antes sus ojos de la que fue mi ópera prima narrativa. Una novela autobiográfica donde fantasía y realidad se dan la mano en todo momento para conducir al lector a través de un mágico viaje sin más estaciones que los lienzos de grandes pintores del s. XVIII, XIX y principios del XX; sin más andenes que episodios de mi vida.

Trece a√Īos esperando en la oscuridad de un caj√≥n, en un rinc√≥n de mi propia alma que culminar√°n con salida a la luz. M√°s como madre que como autora, les conf√≠o una historia de mi historia y espero, deseo, anhelo que le den cari√Īo, tiempo, atenci√≥n y por qu√© no: imaginaci√≥n. S√≠, porque sentir√°n crecer las alas de sus propias mentes y sus corazones sabr√°n guiarles hasta colocarles cerca de m√≠.

Agradecida de antemano y cual ni√Īa entusiasmada les regalo un fragmento del que ser√° el Primer S√≠ntoma (cap√≠tulo 1) de La enfermedad del pupitre verde mi √ļltimo libro."

Belén Hernández

S√ćNTOMA 1:
GRITANDO CON UN GRITO

 

Cap√≠tulo 1 de La enfermedad del pupitre verde de Bel√©n Hern√°ndez ‚Ķ un libro escrito en voz baja, en la oscuridad de la noche y en la intimidad de la soledad de una mente con su mente¬Ľ

¬ęMira al hombre en su limitada esfera, y ver√°s c√≥mo le aturden ciertas impresiones, c√≥mo le esclavizan ciertas ideas, hasta que, arrebat√°ndole su juicio y toda su fuerza de voluntad, le arrastra a su perdici√≥n. En vano un hombre razonable y de sangre fr√≠a ver√° clara la situaci√≥n del infeliz, en vano lo exhortar√°; es semejante al hombre sano que est√° junto al lecho del enfermo, sin poderle dar la m√°s peque√Īa parte de sus fuerzas‚Ķ Pues s√≥lo esforz√°ndonos por sentir lo que √©l siente, podremos hablar honradamente del tema¬Ľ (Werther; Johann. W. Goethe)

00: 30 h; 11 de noviembre de 2009

Otra noche de insomnio llega para acompa√Īarme en la oscuridad de mi mente, en el c√°lido silencio que supone la madrugada, en el lento pasar del tiempo donde me oigo a m√≠ misma sin interferencias y sin interrupciones. As√≠ siento el grato placer de la soledad m√°s √≠ntima y m√°s reconfortante: la de uno mismo, aquella que tantos temen y que yo tanto ans√≠o.
El d√≠a ‚ÄĒcomo de costumbre √ļltimamente‚ÄĒ ha sido duro‚ÄĒ ¬Ņqu√© digo duro? ¬°Ha sido infernal! ‚ÄĒ. Una batalla m√°s que acaba sin saber cu√°l fue el vencedor y qui√©n el vencido, pero al final lo √ļnico que cuenta es que acab√≥ y eso significa que, por alguna extra√Īa raz√≥n el destino me ofrece un nuevo d√≠a para vivir, aunque todav√≠a no sea una especialista en eso que llaman vivir. A este respecto me consuelan las palabras de mi querido J. W. Goethe y su Fausto: ¬ęLa vida, ¬°cu√°ntos la viven y qu√© pocos la conocen!¬Ľ.
Antes de seguir, aclararé que no empleo estas palabras en forma de reproche contra quienes se acomodan en la tranquilidad de una pseudo-vida porque no han llegado a conocer que el sufrimiento para otros es una característica innata y vinculante al verbo del vivir. ¡No! ¡No todos estamos llamados a ser valientes soldados vitales! Al fin y al cabo, podemos decir que tan solo es cuestión de suerte.
Sí, de suerte, porque algunos parecemos tristemente destinados a sufrir, otros saborean los placeres de la felicidad y finalmente, los primeros se acostumbran a sufrir y los segundos olvidan el significado de tal sentimiento.
Yo todav√≠a no s√©, si la vida que me ha tocado vivir es verdaderamente la m√≠a o alguien se equivoc√≥ al extraer de una caja cerrada, una papeleta sin m√°s letras que mi nombre. Puede que ese voluntario de mano inocente al que se le suele pedir que realice el sorteo, se equivocara. Me pregunto: ¬Ņcu√°ntas d√©cimas de segundo tardaron sus dedos en escoger el papel que escond√≠a mi nombre? ¬ŅCu√°ntas papeletas acariciaron sus dedos en la oscuridad de esa caja que encerraba mi suerte? ¬ŅDud√≥ en elegir uno u otro papel?
Quiero creer que las dudas le invadieron al rozar ese pu√Īado de nombres y que tan solo fue una decisi√≥n equivocada la que le llev√≥ a extraer un pedacito de papel con mi nombre garabateado.
Sin embargo, me doy cuenta de que √ļltimamente quiero creer muchas cosas. ¬ŅCuesti√≥n de suerte? No, en todo caso, cuesti√≥n de mala suerte y por eso he decidido que no volver√© a confiar en esas manos a las que llaman ¬ęinocentes¬Ľ y que se encuentran camufladas entre el p√ļblico que aplaude al contemplar el espect√°culo del sufrimiento ajeno. ¬°Menudos espectadores con tan mal gusto!
En fin, estos pensamientos me llevaron a emprender un extenso di√°logo conmigo misma. Sent√≠ que toda mi vida estaba desordenada, un caos emocional reinaba sin trono y ya era hora de ponerse manos a la obra y limpiar el cuarto oscuro donde mi alma era incapaz de dormir. Me perd√≠ en medio de interminables divagaciones. Me sent√≠ sedienta de respuestas. Acus√© una fuerte sordera hacia el mundo exterior. Me perd√≠ en la soledad de mis pensamientos y‚Ķ Cuando me hall√© exhausta de tanto cansancio vital; cuando la oscuridad de mis ojos no vislumbraba ni el m√°s m√≠nimo √°pice de luz‚Ķ despert√© de aquel doloroso letargo y comprend√≠ cu√°l era el error sobre el que volaba mi mente sin hallar sitio donde aterrizar. Todo era m√°s sencillo de lo que jam√°s pens√©. Hab√≠a cometido el mismo error que el resto de la humanidad: me hab√≠a cre√≠do espectadora de la vida. Me hab√≠a acomodado en un patio de butacas huecas y silenciosas entre las cuales, no se representaba nada que conmoviese mis sentidos. Sin dudarlo me levant√© para buscar a otros espectadores, a testigos de otras √©pocas y momentos. Necesitaba encontrar o√≠dos frescos y limpios, dispuestos a escuchar todo lo que yo en estos √ļltimos a√Īos hab√≠a guardado porque no sab√≠a en qu√© caj√≥n de mi vida colocarlo. Necesitaba un lugar donde me sintiera c√≥moda o tal vez a salvo. Requer√≠a un refugio o, mejor dicho, un escenario hermoso donde representar ciertos episodios de mi vida. ‚ÄÉ
Para ello, tan solo tuve que viajar a mi antigua aula de Historia del Arte y volver a sentarme frente a la pantalla donde se proyectaban las imágenes de aquellos triunfadores que pasaron a la posteridad y se ganaron el título de ser objetos de estudio. Tomada esta decisión, recordé el siguiente día que voy a narrar del mejor modo que conozco: adornándolo con palabras.
***
A las 10:50 de la ma√Īana de un viernes de febrero de 2008 me sent√© en mi pupitre verde situado en primera fila. Ese era mi sitio. ¬ŅQu√© digo mi sitio? ¬°Era mi territorio! Tan m√≠o, que sent√≠a una verdadera posesi√≥n hacia √©l.
Con la torpeza de mis manos fr√≠as, casi g√©lidas y un caracter√≠stico olor a tabaco entre los dedos, me dispuse a colocar mi lupa‚ÄĒperd√≥n, esto no es correcto porque lo que colocaba en ese momento era mi ojito; ese ojito que me daba premura para escribir y leer al mismo tiempo en el que mi mente empezaba a ordenar ideas, palabras y conocimientos‚ÄĒ, agarr√© con suavidad el bol√≠grafo negro y mi mano comenz√≥ a cabalgar sobre un silencioso folio blanco que ceder√≠a paso a una diminuta letra ruidosa.
Tras el ritual previo a la entrega del examen, este llegó a mis manos. Su objetivo era calificar el tema de las Vanguardias Artísticas del siglo XX.
Con una confiada sonrisa le√≠ las preguntas y sin dificultad, mi mente ordenaba las respuestas que mi mano, como un obediente escriba, apuntaba de forma apresurada. La sorpresa lleg√≥ cuando el profesor proyect√≥ ¬ęEl Grito¬Ľ de Edvard Munch.
Lentamente levant√© mi cabeza y de pronto sent√≠ la inquietante necesidad de correr hacia ese cuadro. Quer√≠a entrar en √©l para esconderme en aquel atardecer retratado con trazos nerviosos y enfermizos, te√Īidos de colores c√°lidos y chillones que mor√≠an finalmente en un amasijo de grises y azules. Quer√≠a atravesar el puente pintado por Munch y pararme all√≠, sin m√°s. Quer√≠a contemplar otro espect√°culo, tal vez otra vida. ‚ÄÉ
Sin dudarlo, di un paso al frente con los pies de mi esp√≠ritu y me adentr√© en aquella escena pintada en 1893 (fecha que curiosamente se compon√≠a con los mismos n√ļmeros que la de mi nacimiento: 1983. Un siglo de diferencia me separaba del lugar que por aquel entonces, quer√≠a que fuese mi hogar).
De pronto supe que ya estaba all√≠, dentro de aquel cuadro en el que quer√≠a esconderme o m√°s bien, en el que quer√≠a desaparecer, aunque solo fuera por unos instantes de todo ese caos en el que se hab√≠a convertido mi vida. Sin embargo y para mi propio asombro, una vez dentro de esa m√°gica dimensi√≥n, no hall√© nada, absolutamente nada. Todo era del blanco color del vac√≠o. All√≠, donde quise esconderme, no hab√≠a sombras, no hab√≠a color, no hab√≠a vida. Ante tal desilusi√≥n, mis ojitos empezaron a sentir sed. S√≠, quer√≠an llorar l√≠quida tristeza, sobre todo, porque como suele pasar en los sue√Īos, se dieron cuenta de que en esa irreal dimensi√≥n no sent√≠an dolor y la luz de aquel blanco resplandeciente no los her√≠a. All√≠, mis ojitos estaban sanos, nada les imped√≠a hacer lo que m√°s les gustaba: ver. Las l√°grimas llegaron con tanta violencia que mis manos se convirtieron en un improvisado pa√Īuelo que pronto se arrug√≥ con tanta humedad. Fue entonces cuando escuch√© una voz que me dec√≠a:
‚ÄĒ ¬ŅPor qu√© lloras?‚ÄÉ
Era la voz de Munch, quien preocupado me tend√≠a un pa√Īuelo que no dud√© en aceptar y una vez enjugadas mis l√°grimas, reun√≠ fuerzas para contestarle.
‚ÄĒ Lloro porque no puedo hacer otra cosa. Lloro porque no comprendo nada de todo lo que me est√° sucediendo. Lloro porque nadie responde a mis preguntas‚ÄĒ le dije con la voz ahogada en el t√≠pico hipo de una garganta llorona.
‚ÄĒ A lo mejor lo que preguntas, es demasiado dif√≠cil de responder‚ÄĒ sugiri√≥ √©l.
‚ÄĒ No, no creo que sea tan dif√≠cil decirme qu√© les pasa a mis ojitos o cu√°ndo se van a poner bien. Yo no quiero quedarme as√≠ para siempre. Eso no es muy dif√≠cil de entender‚ÄĒ le contest√©.
‚ÄĒ Tienes raz√≥n. Es normal que alguien que sufre, quiera conocer a qu√© hora terminar√° su desdicha. La pregunta que realizas est√° formulada con los interrogantes del miedo y eso es natural‚ÄĒ dijo Munch.
‚ÄĒ ¬ŅSabes? Creo que lo que m√°s miedo me da, es que tengo el presentimiento de que esto no va a terminar sino todo lo contrario: Creo que no ha hecho nada m√°s que empezar. Mi p√©rdida de visi√≥n no es m√°s que el debut de lo que a√ļn est√° por llegar‚ÄĒ Le confes√© mi m√°s inmenso terror por aquellos d√≠as.
‚ÄĒ Yo no puedo afirmar ni negar aquello que desconozco. Me encantar√≠a decirte que todo saldr√° bien, que todo pasar√° y que esto que hoy te asusta, ma√Īana no ser√° ni siquiera un recuerdo. Pero no lo s√© y no quiero mentirte con palabras huecas o esperanzas de papel. Nunca me ha gustado enga√Īar a los corazones asustados‚ÄĒ Me dijo Munch con toda sinceridad.
‚ÄĒ Yo no busco esperanza ni consuelo, sino verdad. Verdad y un poquito de sentido a todo esto. Quiero creer que el dolor no es est√©ril y que el sufrimiento tiene sentido.
‚ÄĒ ¬°Ay, peque√Īa! ¬°Qu√© equivocada est√°s, si crees que el dolor es capaz de engendrar algo bueno! Nada de eso. El dolor es un vientre marchito donde la felicidad duerme tan profundamente que termina por morir. El sufrimiento habla un extra√Īo idioma que no se hizo para la boca del hombre‚ÄĒ dijo Munch porque sin lugar a dudas, √©l ya hab√≠a sucumbido a las vol√°tiles esperanzas propias de los enfermos en busca de auxilio.
‚ÄĒ Entonces ¬Ņqu√© hago? ¬ŅC√≥mo vivo? ¬ŅSabes qu√© doloroso resulta el comprobar que mientras tu mundo no es m√°s que una madeja enredada de hilos de acero, nada a tu alrededor ha cambiado? ¬ŅSabes qu√© triste resulta el comprobar que la vida transcurre pl√°cidamente para los dem√°s mientras que para m√≠ se apaga la luz? ‚ÄĒ Le pregunt√© volcando injustamente mi ira hacia √©l.
‚ÄĒ Naturalmente que lo s√©. Conozco todo aquello que con amargas palabras me relatas ¬ŅSabes? El mundo, al principio te escucha, te consuela, quiere comprenderte, pero un d√≠a de pronto, todas esas nobles intenciones desaparecen y te quedas sin m√°s compa√Ī√≠a que contigo mismo‚ÄĒ me dijo Munch con cierto tono de reproche.
‚ÄĒ Perd√≥name, olvidaba que t√ļ tambi√©n naciste para sufrir‚Ķ‚ÄĒ dije avergonzada.
‚ÄĒ No te disculpes. Es natural que sientas rabia sazonada con envidia. A ti tambi√©n te gustar√≠a no haberte desviado del llano camino de la existencia sin preocupaciones. Es comprensible‚ÄĒMe dijo con generosidad y continu√≥‚ÄĒ ¬°Tengo una idea! Como has venido a buscarme a este lugar olvidado de cualquier mapa, hagamos algo juntos, algo inolvidable.
‚ÄĒ Est√° bien, t√ļ dir√°s qu√© se puede hacer en el mundo del Arte‚ÄĒ le dije como una ni√Īa que acaba de hacer un nuevo amigo.
‚ÄĒ Vamos a pintar. Cada uno se enfrentar√° a un lienzo en blanco para amueblarlo con sus sentimientos. ¬ŅQu√© te parece?
‚ÄĒ Me parece estupendo. Nunca pude imaginarme tener por maestro a todo un ¬ęexpresionista¬Ľ‚ÄĒ le contest√© y r√°pidamente, Munch me ofreci√≥ las herramientas de su creatividad y comparti√≥ conmigo sus pinceles y paleta.
Alegremente nos entregamos a nuestros respectivos lienzos, que no eran m√°s que diminutos retales de nuestras almas ansiosas por te√Īirse de ocres y cobaltos. Charl√°bamos animadamente mientras que de vez en cuando nos alej√°bamos un par de metros para contemplar de lejos nuestras almas posadas en sendos caballetes. Mezcl√°bamos los pigmentos y los ba√Ī√°bamos con el aguarr√°s de las l√°grimas que no hace tanto, mis ojos hab√≠an destilado.
No s√© cu√°nto tiempo estuvimos entregados a nuestros respectivos lienzos. Tal vez fue toda una eternidad o puede que √ļnicamente fueran un par de minutos, pero lo cierto es que all√≠, inspirando la paleta de Munch me sent√≠a a salvo. Era la primera vez que me hab√≠a alejado del mundo real que cada d√≠a se tambaleaba y destru√≠a un granito m√°s de la esperanza que yo atesoraba dentro de una esfera de cristal, en el interior de un reloj de arena que comenzaba a agotarse. S√≠, por aquellos d√≠as en los que mis visitas al m√©dico se hab√≠an multiplicado debido a las circunstancias, mi esperanza se hab√≠a puesto enferma, el des√°nimo y la realidad le hab√≠an contagiado el virus del miedo y de la impaciencia, pero sobre todo se hab√≠a infectado de una peligrosa actitud: la sumisi√≥n. Ese era el peor mal que pod√≠a aquejar a un enfermo y como tal, a m√≠ misma.
Me di cuenta de que desde que comenzaron los primeros s√≠ntomas, me mostraba peligrosamente sumisa ante mi cuerpo, ante mi mente, ante mis sentimientos, ante los m√©dicos‚Ķ Todo era m√°s fuerte que yo y as√≠, me rend√≠a ante una esperanza tan d√©bil que nunca existi√≥. Yo hice lo que cualquier otro enfermo: me mostr√© colaborador porque a√ļn cre√≠a tener fe en recuperarme y me refugi√© en los facultativos. Sin embargo, la esperanza se ali√≥ con la ignorancia que muestra el enfermo durante sus primeras visitas al m√©dico. Esta mezcla de sentimientos ‚ÄĒesperanza e ignorancia‚ÄĒ, se volvi√≥ peligrosa y termin√≥ por robarme la dignidad. Ya no confiaba en nada ni en nadie porque aquellos a los que ped√≠ ayuda, confi√© mi cuerpo y mi dolor, fueron los ladrones de mi dignidad y de mi esperanza. No contentos con este bot√≠n, me robaron el nombre y me relegaron a un pu√Īado de s√≠ntomas sin diagnosticar. Ya no era m√°s que uno de sus clientes: ¬ęlos clientes de la salud¬Ľ.
La situaci√≥n empeor√≥ al no resultar un caso f√°cil de diagnosticar y me castigaron a no recibir tratamiento y mucho menos un poquito de humanidad. Solo encontr√© espaldas vestidas de blanco y comenc√© un largo camino de in√ļtiles llamadas de socorro que nadie escuch√≥. De este modo, los que un d√≠a podr√≠an haber sido mis aliados, se convirtieron en desp√≥ticos soberanos en el reino de la salud; se convirtieron en poderosos reyes que no estaban dispuestos a escuchar a un mendigo que ped√≠a por limosna un poquito de alivio y comprensi√≥n. Doblegaron mi voluntad, hincaron mis rodillas en el suelo y terminaron por ensuciarme con el polvo de su indiferencia.
Mis d√≠as cayeron prisioneros del dolor y ya no importaba que las ma√Īanas despertasen azules o grises porque simplemente, ya no hab√≠a ma√Īanas, solo eran horas descontadas de mi vida; estaban perdidas porque nunca las viv√≠a, y as√≠ el futuro no era diferente de aquel angustioso presente. La esperanza se alejaba cada vez m√°s deprisa y los *poderosos ya hab√≠an cerrado sus o√≠dos para no escuchar mis gritos de socorro. Quer√≠an condenarme al silencio de un paciente sin tratar.
Me rend√≠ ante todo y pas√© largo tiempo lamiendo mis heridas como un animal asustadizo. Hab√≠a vuelto a ese instinto primario de consolar el propio dolor. Guard√© mi alma en alg√ļn sitio alejado de los poderosos . La guerra entre ellos y mi enfermedad daba comienzo y ya solo me preocup√© por levantar una trinchera que pusiera a salvo mi alma.
Esto fue lo que le conté a Munch mientras terminábamos nuestros cuadros y llegó el momento de dar por concluidas nuestras obras.
‚ÄĒ ¬ŅYa has terminado? Yo s√≠. Acabo de dar la pincelada final‚ÄĒ dijo Munch.
‚ÄĒ Si‚Ķ creo que ya he terminado‚ÄĒcontest√©.
‚ÄĒ Muy bien. ¬ŅQu√© te parece si nos ense√Īamos nuestros cuadros ya terminados?
‚ÄĒ Bien, tengo ganas de saber qu√© has pintado‚ÄĒ le dije y al mismo tiempo dimos la vuelta a nuestros lienzos para contemplar lo que cada uno hab√≠a pintado en su alma.
Munch me mostr√≥ su ¬ęGrito¬Ľ. Hab√≠a recreado a mi lado el que sin duda ser√≠a uno de sus cuadros m√°s conocidos. Dijo que, escuch√°ndome hab√≠a ido retratando el dolor, la angustia y el miedo que yo sent√≠a. Hab√≠a empleado trazos nerviosos y pinceladas retorcidas, todo ello envuelto en tonos c√°lidos y un torbellino de grises. Incluso a lo lejos hab√≠a situado a dos personajes que se alejaban de la escena principal. Me confes√≥ que aquellos caminantes eran los poderosos que no quisieron ayudarme.
Yo gir√© mi lienzo para ense√Ī√°rselo y pudo contemplar mi propio rostro. S√≠, yo hab√≠a pintado el retrato de aquella persona a la que hab√≠amos abandonado en el aula de Historia del Arte y que continuaba escribiendo bajo una gran lupa para poder ver su propia letra. Munch no supo qui√©n estaba m√°s asustado de los dos: si su retorcido ¬ęGrito¬Ľ o mi retrato envuelto en solitaria tristeza. Despu√©s, nos quedamos en silencio, era el momento de despedirnos y entonces, como Munch no quer√≠a pronunciar la palabra del adi√≥s, tom√≥ su pincel, lo moj√≥ en un charquito de pintura verde que no hab√≠a empleado en su cuadro y con un tierno cosquilleo traz√≥ una peque√Īa sonrisa de color esperanza sobre la l√≠nea recta que eran mis labios‚Ķ

Cap√≠tulo 1 de La enfermedad del pupitre verde de Bel√©n Hern√°ndez ‚Ķ un libro escrito en voz baja, en la oscuridad de la noche y en la intimidad de la soledad de una mente con su mente¬Ľ

As√≠ termin√≥ aquel d√≠a tan especial en el que me escap√© de la mano de un ¬ęexpresionista¬Ľ. Munch nunca me prometi√≥ esperanza al escuchar mis miedos, pero sin embargo me regal√≥ un poquito de √©sta.
Ese d√≠a, mientras realizaba un examen de Historia del Arte en tan lamentables condiciones, comprend√≠ que ¬ęEl Grito¬Ľ se hab√≠a convertido en un espejo que reflejaba a dos seres atemorizados que se miraban frente a frente compartiendo sus miedos y miserias porque tanto su autor como yo, √©ramos dos enfermos en busca de un poderoso que aliviase nuestros dolores. El momento m√°s triste hab√≠a pasado y decid√≠ continuar buscando espectadores de otras √©pocas ante los que mostrar y confesar todo aquello que nadie en el mundo real quer√≠a ver y mucho menos escuchar.
Decid√≠ salir en busca de un poquito de la felicidad que el Arte guardaba para m√≠. Con esa misi√≥n me sent√≠ pertenecer al movimiento art√≠stico llamado ¬ęEl Puente¬Ľ y en el que mi querido Munch hab√≠a desarrollado su obra. S√≠, ahora yo deb√≠a cruzar ese puente para dar comienzo a otras muchas conversaciones que no pod√≠an ser aplazadas; a las conversaciones con otras obras y autores que contemplaban al contemplador.
Por cierto, aquel día que os he relatado terminó cuando entregué mi examen, el mismo que escribí con el corazón envenenado de angustia y que mi sufrimiento me dictó. Durante las semanas posteriores no supe nada más acerca del examen en el que mantuve una conversación de vanguardia conmigo misma. Un día llegó el profesor con las notas y yo con mi lupa busqué sobre el margen derecho del folio: ¡Un diez! ¡Tenía un diez!
En voz baja susurr√©: ¬ęNo hay nada mejor que escuchar los dictados del alma aunque vengan dados por los ecos de la angustia‚Ķ¬Ľ



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  • Sergio Gaspar Mosqueda am

    Apreciable Bel√©n. He le√≠do y he sentido. Vivir es pensar para la mayor√≠a de los que hemos pretendido dedicarnos a alg√ļn tipo de arte. Eso hace m√°s intenso el sufrimiento pero a la vez nos va dando las claves para ir pasando con mayor dignidad cada d√≠a, que empieza gris y termina resplandeciendo con alguna esperanza. Me ha complacido leer una parte de tu obra y as√≠ conocer mejor a los seres que te conforman. Un abrazo.

  • MIGUEL √ĀNGEL CERVANTES am

    Querida amiga, me has enga√Īado con eso de que este libro era de prosa po√©tica. Es una prosa de verdad, que engancha, al alta calidad. Me siento afortunado que nos conozcamos y colaboremos m√°s all√° de la poes√≠a que nos uni√≥. Este es un libro ALTAMENTE RECOMENDABLE. Lo digo en alto por si no se me escucha.
    Te regalo este poema 267 de ZenObio porque ha sido leerte y acordarme:
    No precisa de pisotón
    La cucaracha
    Ni provoca el grito
    La ara√Īa
    Ni nos invita al bofetón
    La mosca
    O el mosquito.
    Vemos con nuevos ojos
    Una tierra nueva,
    Un nuevo cielo,
    Un espíritu nuevo.

  • Gabriel Criscuolo am

    Desgarrador.Asi senti este primer contacto con el pupitre verde, mas solo quien a pasado por algo similar a de entenderte perfectamente Poeta‚Ķa mi me toca acompa√Īarte


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